ARQUITECTURA DEL DESEO

Cada día devoraba mis ojos. Sus manos quiméricas tornaban las sombras de la noche en espectros. Yo estaba plantada cerca de sus senos, a su espalda, me movía voraz alrededor, latiendo, asustada, sedienta de lo que brotaba de ella como una fuente. Fingía perseguirla, conocerla, huidiza, sus manos resbalaban en la pintura de mi cuerpo, ingrata, para huir otra vez y justo ahí donde la fusión no era posible, en ese punto absoluto, regresaba a mí en forma de pantera, arrullando mis espasmos. Entonces la noche se confundía con el día de sus pupilas, en un estallido sin nombre, colmado por el silencio de ser tragada enteramente. Sobre mis huesos, su cintura era una cadena cruda, invisible, terrosa, lodo de una tierra perdida, libre, elemental. Aquí era allá, extenuada, su palabra era mi fuente y obligada a vagar en la miel de su canto, cambiaba de forma, fui pez y consuelo, una araña suave tejiendo hilos incalculables que nos ataban al zumbido de las embestidas en un aire viciado de deseo. Condenada, era agua de su efluvio secreto que me alimentaba, giro sempiterno de vida y muerte. Bailaba al ritmo de su cítara, en las noches de lluvia, entonces iba al encuentro de su sombra, que me llamaba silente por nombres antiguos. Y en los acordes multiformes, con lengua austera, cifraba poemas rehaciendo la arquitectura quimérica de cada entidad que discurría en la tierra.














Su boca emitía sustancias sutilísimas, que provocaban la vida de las raíces, y ya en la tierra, también renacía como un árbol empinado, buscado otra vez su luz. Amarla era evocar elementos desconocidos y sorberlos todos al mismo tiempo, sin tregua.

Quería safarme de aquel rictus nocturno, despertar sin la invasión de su mirada, de su ser inquisitivo, parénquima, pero cada contacto suyo era una trasliteración para recuperar la palabra original que me define. Aquello era una forma de rapto esencial: me había convertido en una sustancia segunda suya, la totalidad de las diferentes sustancias que ahora la componían.

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