LAS PRINCESAS SAUDÍES: PRIMERA PARTE:

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Sahar, Maha, Hala y Jawaher,

Él las veía desde la esquina de la habitación apoyado en la cómoda mientras bebía su coñac. La princesa Alanoud trenzaba el cabello azabache de Maha. Las demás reían jugando al backgamon. La princesa Alanoud estaba un poco nerviosa, las manos le temblaban y Maha, la mayor de las hermanas, lo sabía, sabía que ese temblor se lo producía aquel rey destronado que se paseaba con un coñac en la mano por las habitaciones del caserón, vociferando, a veces callado y violento. La princesa se inclinó hacia el ventanal para mirar mejor la clineja que acababa de terminar. Maha se levantó del piso sujetando su larga falda, su madre se quedó allí tirada entre los almohadones, viendo hacia afuera. La brisa marina se colaba por las rendijas de la ventana.

Maha adoraba su piel blanca que resplandecía por la luz opiácea que entraba por el ventanal, amaba la piel lechosa de su madre, sus largos dedos paseándose por su cabellera, su amable sonrisa y el destello de inteligencia que pasaba por su mirada detenida en cada detalle. Sahar no era su hermana, su padre la había llevado muy pequeña al caserón y nadie había preguntado el por qué, todas la recibieron como una más. Siempre tuvo mucha afinidad con ella. Cuando Sahar cumplió 8 años Maha le regaló un cuaderno empastado con delicadas florecillas y hoja secas que recogió del campo, pintó la piel de las tapas con una pintura que su madre le había traído especialmente y con "eaqaba" fue adornado meses antes de su cumpleaños. Recuerdo que le gustaba mucho escribir palabras en un cuaderno bastante desecho. Busqué la forma que mi madre consiguiera otro para mi, uno de hojas blancas y grandes. 

Su padre que no era muy dado a los regalos, le llevó el envoltorio. Maha esperó a que todo el mundo se fuera a la cama y esperó a Sahar en el jardín nerviosa. Sahar llevaba el cabello recogido en una cola larga que bañaba su espalda de largos rizos. La noche era oscura y el aire fluía suave entre los arbustos, Maha no sabía por qué se sentía así en esa espera a Sahar si era como su hermana, aunque no lo era, se decía. Sahar apareció frente a ella sonriéndole y le dijo, nuestro padre se enfadaría si nos ve a estas horas aquí. Maha le sonrió, la luna había salido por los ramales, tenía 4 años que Sahar, era más alta, le tomó de su mano y le dió un beso en la mejilla, feliz cumpleaños Sahar, esto es tuyo. Sahar quitó el envoltorio con delicadeza hasta llegar a una tapa azul como el azul del mar, con pequeñas hojas y ramitas, adentro en la primera hoja una dedicatoria: el mañana nos une con sus hebras, eres mi hermana, mi sangre, el hilo que nos lleva hasta el mar. Escribió en ese cuaderno hasta los 11, después de la escuela se sentaba en el mismo jardín donde Maha se lo había regalado. Aquella noche Maha había cambiado el corazón de Sahar que había jurado no amar. Súbitamente algo había cambiado, aquel gesto la había transformado profundamente. Seguía escribiendo sobre su madre, y ahora le escribía secretamente a Maha. Maha estaba ya comprometida desde el día de su cumpleaños 8 a un príncipe mayor. No entendía que para sus 11 años y Maha con 15 años ya se iría.

El rey lo había perdido todo. Su coñac era el único consuelo, una costumbre que había adquirido en sus años fue de Arabia. Un día se paseaba por las habitaciones de sus hijas, la princesa Alanouh lloraba en la pieza donde había sido relegada por rechazarlo en un a de sus últimas borracheras. Cuando estuvo a punto de pegarle a Jawaher por no darle un beso, Maha que estaba observando en la penumbra de la puerta lo detuvo, padre, es hora que te retires a tu habitación, él la abofeteó, Maha contuvo su furia por no devolverle aquella bofetada, todas las niñas despiertas y aterrorizadas la sintieron como a un ídolo y desde ese día, hacían caso a sus palabras, ya no le guardaron rencor por ser la preferida de la madre, sostenían su cesto cuando las mandaban a recoger frutos y Maha se quedaba bajo el árbol de la vid leyendo a sófocles y a Damocles, no lamentaban el interés desmedido de Maha en Sahar, cuando posaba para los supuestos retratos que pintaba al carboncillo Sahar para ella y los conspicuos insectos iban en su busca. Maha la mayor de las hermanas se había ganado el respeto de los hombres que reinaban en el caserón. Un buen día ya tarde, uno de los hombres del rey se había quedado hasta tarde recitando poemas para una doncella de la cocina. El rey pidió que Adolfo lo acompañara esa mañana a una búsqueda y captura en el pueblo más cercano, aquel no se presentó y Maha dió un discurso al rey ese día que se fue solo y desganado hacia la playa más cercana. Desde ese día, todos los hombres en recuerdo de aquel momento le llamaron la retórica, Maha la retórica, y la ayudaban en todo cuanto tenían a disposición. Fueron los que la sacaron años después en barca hacia Francia, una vez muerto el rey y el trono pasado a su hermano Adolfo. 

Sahar paseaba lo más cerca del mar que podía. Maha lo sabía y como recibía clases en casa desde que estaba comprometida casi no la veía, así que un buen día, exponiendole a su maestro de pintura que debía pintar el cielo bajo el mar consiguió que aquél la llevara cerca del mar. No se sabe muy de qué artes se valió para ver a Sahar a quien no veía en mucho tiempo. La miró con el cuaderno que le había regalado el día de su cumpleaños. Sahar que estaba completamente metida en sus pensamientos no la vio venir. Maha le dio otro beso en la mejilla, como cuando eran niñas. Ambas habían crecido, Sahar llevaba el pelo suelto, la brisa marina golpeaba aquellas mejillas morenas. Se sonrojó al ver a Maha más alta que ella de frente con sus ojos negros brillando a la luz del sol y bronceada. Ambas frente a frente quedaron en silencio. Maha que no podía contener su emoción, le habló del cuaderno, Saha lo escondió detrás de sí, como había hecho en otras ocasiones. Qué grande estás, le dijo Maha. Sahar se incorporó un poco apenada aún por su rojez, sí, le dijo, ha pasado mucho tiempo. Quería verte, no sabes...y Sahar nerviosa le dijo, lo sé, también he querido verte...pero siempre estás tan ocupada, tan lejos Maha. Maha escuchó por primera vez su nombre en aquella boca amada y tuvo ganas de besarla pero se contuvo. La tarde espesa entre la arena y su cuerpo delgado rompían con la igualdad. Se contuvo de no besarla y decirle lo loca que estaba por verla. Le tomó la mano, abajo el maestro le gritaba algo que no alcanzó a escuchar. Ya era hora de irse, ya era hora de dejar a Sahar. Sahar se perdió en el fondo de la noche que se tragaba al mar. Apenas pudo decirle te quiero cuando el mar arreciaba en la noche cerrada, sin luna.

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