ARIADNA LA MINOTAURO y su laberinto:






Toda su vida había soñado con escribir una buena historia. Cientos de horas malgastadas en garabatos, se decía. Los mejores relatos surgían en las sombras de su mente, justo en el preludio del sueño. Podía imaginar hasta el detalle las escenas de sus cuentos, sin embargo, le bastaba con querer transformar esas imágenes en palabras para que se esfumaran. Se podría decir que se amargaba diariamente por ello, y era la razón principal para que la mayor parte del tiempo se quedara pensando y nunca se pusiera a escribir. Santiago necesitaba separarse un poco de sí mismo, explorar la vida con otros ojos. 

Al principio, iba resuelto al encuentro de la magia que escondía la realidad, o eso pensaba, que la realidad tenía mucha magia por ser descubierta. Quería tatuar esa magia en las palabras, envolverlas del poder de la seducción, y a menudo perdía el rumbo. En esa cuerda floja de saber poner las palabras justas, perdía el equilibrio, su cuerpo pesado se desplomaba al suelo. Otra vez pesadumbroso, subía los peldaños de las palabras e intentaba sostenerse, dando manotazos, torpe, hasta que una palabra en falso y era arrojado una vez más al foso del sinsentido.

No todo eran caídas, en ocasiones tales caídas le daban la oportunidad de dar a las palabras nuevos sentidos. El dolor tenía el poder de devolverle a las palabras su más genuino origen. Con ese descurbrimiento era capaz de elevarse dentro de las palabras, reconstruir historias incompletas, darle un nuevo significado, embellecer las sombras sin eliminar jamás lo que eran. Hasta el horror tenía su belleza.

Una tarde en el suelo, semi inconsciente, imaginó lo que podía ser una mujer minotauro. Se remontó al antiguo mito de Ariadna, aunque en su historia, Ariadna era también el minotauro. La ascesis de Ariadna la habían llevado a ser todo, minotauro y laberinto. Ideó la forma de esa abstracción, todo lo llevaba al mismo sitio: la inexistencia.


Pasó noches enteras construyendo y deconstruyendo esa entelequia. Empezó a adorar la visión de una mujer minotauro que se devoraba a través de la complejidad del laberinto, que era su propia condición de existencia. Sus manos sostenían aquella verdad porque su cuerpo empezaba a ser consumido por aquellas fantasías.

Y así empezó a vivir como en un retorno sin melodía, la historia de aquel escritor cuyo nombre no recordaba que escribía en las paredes y comía las sobras que traía su casera. Creía recordar su nombre cuando en silencio se concentraba en los ruidos lejanos de su consciencia.  

Todo era en vano, Ariadna no podía desaparecer tragada por la tragedia de ser. En su historia Ariadna no moría por la mano de Perseo, ni se casaba con Dioniso. En cambio al igual que Aracne, era una diosa de la tejedura, construyó su propio laberinto de hilos, lo cual hablaba de su vida y la vida antes y después de la suya.

Ya no salía, el mundo desde esa distancia le antojaba odioso y regresaba a esa soledad alargada como una sombra en la desnuda tarde. Su soledad hacía de cristal de sus anteojos. Todo aparecía ante él unitario, desigual, rotundo. Apuntó, una noche, lo que pudo haber sido el final de su historia, que también era la suya. 


Ariadna convertida en minotauro había entrado en un sueño profundo antes de salir del laberinto que era su cuerpo, y que había construido con sus propias manos. En el sueño le hablaba su madre, Sémele, le advierte que a medida que avanzaba por el laberinto hacia la salida, estaba siendo devorada por su propio destino. Le aconsejó que una vez despertara y antes de llegar a la salida del laberinto, bebiera del Kílix el vino dispuesto por Dioniso, así ascendería a los cielos como la constelación Corona Borealis, regalo de los dioses por tejer el destino.


 


Santiago desde el suelo escribía en la parte baja de la pared, aquella maravillosa escena. Como si el mismo estuviera descibiendo su ascenso. Ariadna la minotauro bebió el contenido del Kílix, recuperó su forma humana antes de ascender, dejó a los humanos el arte de la complejidad, la virtud de la constancia y la sabiduría de saber cuando abandonar el éxito terreno, de por sí banal, por la ascensión del alma.


N.T.: *Estas últimas líneas fueron escritas por Santiago, con su último hálito. Sus huesos fueron encontrados a la salida del laberinto del parque, los que encontraron los restos dicen que los huesos aun conservaban trozos de carne.






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